¿Cómo catar un vino? Guía sencilla para disfrutar cada matiz

Catar un vino es observarlo con calma y dejar que cada fase revele algo nuevo. La vista anticipa su carácter, la nariz confirma su personalidad y la boca ofrece la verdadera dimensión del tiempo y la crianza. Para comprender mejor cómo se expresa cada estilo, pueden servir de referencia algunos vinos de Bodegas Álvaro Domecq, cuya variedad y profundidad permiten percibir con claridad los matices propios del Marco de Jerez.

La vista: donde empieza el viaje

La primera impresión llega antes de acercar la copa a la nariz. El color, la limpidez y el brillo dan pistas sobre el tipo de vino, su crianza y su edad. No se trata de buscar un “color perfecto”, sino de observar lo que te quiere contar.

Un fino como Fino La Janda, con hasta ocho años de crianza biológica, suele mostrar tonos pajizos muy pálidos, casi transparentes, que reflejan la delicadeza del velo de flor. Frente a él, un oloroso de larga crianza – como el Oloroso Alburejo, con quince años de envejecimiento oxidativo – muestra un color castaño oscuro con matices ámbar, limpio y brillante. Su intensidad aromática es notable, con recuerdos a nueces, maderas nobles y un ligero toque de vainilla que delata su lenta maduración.

Los vinos dulces de Pedro Ximénez muestran una gama visual muy característica. Viña 98 luce un color castaño brillante, limpio y luminoso, mientras que 1730 Pedro Ximénez presenta un tono caoba profundo con un lagrimeo muy marcado, fruto de su enorme densidad y concentración. La vista, ya desde este primer acercamiento, anticipa la intensidad y la riqueza que después se desplegarán en nariz y boca.

La nariz: el verdadero lenguaje del vino

Cuando se acerca la copa, el vino empieza a hablar. Primero en reposo, y después con la copa ligeramente girada para liberar aromas. Aquí se descubre gran parte de su personalidad.

Los finos y manzanillas, como Manzanilla La Jaca o 1730 Fino en Rama, despliegan aromas punzantes y frescos que reflejan su crianza bajo velo de flor. La manzanilla muestra un perfil delicado, con notas aceitunadas, almendra suave y un fondo claramente marino; el fino en rama se expresa con mayor intensidad, con recuerdos de levadura, almendra y un punto de membrillo que aporta profundidad. Son vinos que evocan aire salino, brisa atlántica y la identidad más pura del Marco de Jerez.

Los vinos de crianza oxidativa, como 1730 Oloroso VORS o 1730 Amontillado, ofrecen un nivel de complejidad que solo se alcanza tras décadas de paciencia en bodega. En ellos aparecen aromas profundos a frutos secos, maderas nobles y matices que recuerdan a vainilla, especias suaves o ecos tostados. El amontillado conserva un punto punzante heredado de su crianza biológica inicial, mientras que el oloroso presenta la amplitud aromática propia de su larga evolución en contacto con el aire.

En los vinos dulces elaborados con Pedro Ximénez, los aromas se vuelven más intensos y concentrados. Surgen recuerdos a pasas, higos, azúcar tostado, café suave y notas de madera muy sutiles. El 1730 Pedro Ximénez, envejecido durante treinta años, muestra todo ese carácter con una profundidad excepcional.

Y en un vermut seco de Jerez como Vermut La Janda, el perfil olfativo da un giro completo: hierbas aromáticas como el ajenjo, un toque amargo elegante, notas de pasas y el trasfondo característico de los vinos generosos que sirven de base. Un conjunto distinto, aromático y sugerente, que se reconoce al instante.

La boca: donde todo cobra sentido

El paso por boca es donde el vino se expresa con mayor claridad: equilibrio, textura, volumen y persistencia se combinan para revelar su identidad. Cada estilo del Marco de Jerez aporta sensaciones distintas que conviene reconocer con calma.

Un fino como Fino La Janda entra seco y preciso, con una elegancia natural que se percibe desde el primer sorbo. Mantiene un frescor salino y un punto cálido que lo alargan en el paladar, dejando una persistencia fina y armónica. Es un vino directo, limpio y con una tensión que invita a seguir bebiendo.

Los amontillados y olorosos – como 1730 Amontillado, Oloroso Alburejo o 1730 Oloroso VORS – ofrecen una boca más amplia y estructurada. Se muestran cálidos, profundos y envolventes, combinando la potencia de la crianza oxidativa con una elegancia que solo se consigue tras años de reposo en bota. La persistencia es larga, casi meditativa, con ecos de frutos secos y maderas nobles.

Los vinos dulces de Pedro Ximénez, entre ellos Viña 98 y 1730 Pedro Ximénez, aportan una textura sedosa y un cuerpo denso que envuelve el paladar con suavidad. Las notas de pasas, miel o café aparecen con claridad, siempre equilibradas por una acidez que evita que resulten pesados y mantiene el conjunto vivo y armónico.

En los vinos Cream, como Cream Aranda, la boca se vuelve aún más redonda. La mezcla de Palomino y PX ofrece un perfil dulce pero equilibrado, cálido y aterciopelado, lleno de matices de pasas y madera. Su persistencia es notable, con un final amable que permanece largo tiempo.

Los brandies, como Brandy de Jerez Duque de Veragua o Brandy Veragua Reserva, aportan un cierre perfecto para quienes buscan alargar la experiencia. Suaves, cálidos y llenos de matices de roble, especias y frutas maduras, comparten el mismo lenguaje sensorial que los vinos de la casa y redondean el recorrido por los sabores de Jerez.

La fase final: la persistencia y el recuerdo

Cuando el vino desaparece de la boca, llega la última fase: la persistencia. Es el tiempo que los sabores permanecen en el paladar y en la memoria. Aquí es donde los vinos de larga crianza muestran su grandeza.

Un oloroso VORS como 1730 Oloroso o un palo cortado como 1730 Palo Cortado VORS dejan un posgusto profundo, complejo y larguísimo, lleno de recuerdos a maderas antiguas, frutos secos, especias y notas de evolución.

Los finos y manzanillas, con su frescor y verticalidad, aportan finales más secos y salinos, limpios y vibrantes. Y los vinos dulces, especialmente los PX más envejecidos, dejan un eco suave de frutas pasificadas, miel y cacao que permanece durante mucho tiempo.

Los vinagres de la casa – como Vinagre de Familia o 1730 Vinagre de Jerez Reserva – no forman parte de la cata como tal, pero sí merecen una mención: su complejidad aromática y su crianza en roble los convierten en productos excepcionales para comprender el carácter del Jerez y su capacidad de evolucionar durante décadas.

Catar un vino: un camino que se disfruta sin prisa

Catar no es acertar, sino descubrir. No se trata de identificar todos los aromas ni de buscar palabras rebuscadas, sino de prestar atención a lo que el vino quiere contar. Cada estilo del Marco de Jerez – fino, oloroso, amontillado, manzanilla, PX, palo cortado, cream o brandy – tiene su propio lenguaje, y aprender a escucharlo es parte del placer.

En Bodegas Álvaro Domecq, cada vino transmite una historia distinta: la delicadeza de un fino en rama, la hondura de un oloroso viejo, la dulzura aterciopelada de un PX o la nobleza de un brandy de gran reserva. Catar uno de ellos no es solo un ejercicio sensorial, sino una forma de acercarse a Jerez, a su tradición y a la paciencia que se esconde en cada bota.